Mostrando entradas con la etiqueta Kafka. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kafka. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Invitación al viaje

"Ordené traer mi caballo del establo. El criado no me entendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y me monté en él. Oí una trompeta a lo lejos, pregunté al criado por su significado. No sabía nada ni había oído nada. Me detuvo en el portón y preguntó: "¿Adónde cabalgas, señor?". "No lo sé", dije, "lejos de aquí, lejos de aquí. Siempre lejos de aquí, solo así podré llegar a mi meta." "¿Así que conoces tu meta?", preguntó. "Sí", respondí, "acabo de decirlo, lejos-de-aquí, esa es mi meta". "No llevas provisiones", dijo. "No las necesito", contesté, "el viaje es tan largo que me moriré de hambre si no me dan nada en el camino. Ninguna provisión me puede salvar. Es, por fortuna, un viaje verdaderamente inmenso."

"Si uno pudiera ser un piel roja siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido los crines y la cabeza del caballo"
Franz Kafka.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Aún no había acabado de girarme cuando ya me derrumbaba

Yo estaba rígido y frío, era un puente tendido sobre un abismo, a un lado tenía hundidas las puntas de los piés, al otro las manos, los dientes los tenía clavados en una tierra arcillosa y quebradiza. A mis costados aleteaban los faldones de mi levita. En lo hondo rugía el gélido arroyo de truchas. Ningún turista se aventuraba hasta aquellas abruptas alturas, el puente todavía no estaba registrado en ningún mapa. Me encontraba así tendido, esperando; tenía que esperar; un puente, una vez construído, no puede dejar de ser puente sin derrumbarse. Una vez, hacia el atardecer, no sé si sería el primero o quizá el milésimo, nis pensamientos, enmarañados giraban y no paraban de girar.; era verano, el murmullo del riachuelo sonaba más grave, y hacía el atardecer oí los pasos de un hombre. Hacía mí, hacía mí. Tiéndete puente, ejerce tu función, madero sin pretil, sostén que te ha sido encomendado, compensa con toda delicadeza las irregularidades de su paso, pero si se tambalea, date a conocer y arrójalo a tierra como un dios de las montañas. Legó, me tanteó con la punta metálica de su bastón, con ella me recogió los faldones de la levita y los plegó sobre mi espalda, metió la punta en mi hirsuta cabellera y la dejo allí largo rato, seguramente mientras oteaba los alrededores. Pero luego -yo ya estaba siguiéndolo en sueños por montañas y valles- saltó encima de mi cuerpo con los dos piés. Me estremecí presa de un dolor atroz sin entender nada. ¿Quién era? ¿Un niño? ¿Un exterminador? Y me dí la vuelta para verlo. !Un puente que se da la vuelta! Aún no había acabado de girarme cuando me derrumbaba, me derrumbaba y ya estaba destrozado y atravezado por los guijarros afilados que siempre me habían contemplado tan plácidamente desde el agua embravecida.

Franz Kafka