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jueves, 25 de febrero de 2010

23 de enero (algo rodeaba la mañana)

El calor de madrugada se estira hasta el mediodía del día siguiente, incluso luego de haber dormido algunas horas. La noche conserva aún su aceleración en la memoria. Creo que no hay casi nada de lo que dar testimonio, acaso el final de la lengua sea comportarse como un filósofo exagerado y señalar las cosas con el dedo, ante la imposibilidad de nombrarlas en su devenir inaprensible. Llenar la pantalla de palabras, de palabras nuevas, intentar recordar (insertar) el poema mental de la imagen imborrable y del cuerpo arrojado por el deseo a la calle oscura de atrás de la terminal. Pero la memoria falla, la concentración se disuelve y es tan temprano y tan tarde y a la vez un tiempo tan exacto para pensar en agruparse (como una bomba que explota al revés). El mandala se borronea de pura desesperación, de impaciencia se queman todos los papeles invisibles que rodean la mañana.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Nuestra piel




Y si los días dejan de caminar
todos los días iguales
Va a ser cuestión de seguir adelante
sin mirar atrás,
y además para qué.
El tiempo nos quita, el tiempo nos da,
el tiempo nos enseña y nos enseña mal.
Vamos a caminar por la sombra,
vamos a caminar de la mano
por calles llenas de hojas de otoño sin barrer,
por una plaza donde nadie juega más.
¿Para qué disimular?
no vamos a ninguna parte
No va a ser fácil, ya lo sé,
pero nunca lo es.
Es como arrancarse algo,
es como ahogarse,
es como quemarse la mano,
es como quebrarse un hueso.
Hay que darle la razón la los que tienen razón
a los que aún no sabemos quienes somos
pero estamos adentro
De nuestra ropa, de nuestra camisa, de nuestra piel.
De nuestra ropa, de nuestra camisa, de nuestra piel.
De nuestra ropa, de nuestra piel

domingo, 9 de agosto de 2009

Ahora que amanece














Ahora que amanece


Se me durmió la nariz,

pero hay algo que nunca duerme,

y que se quema

todos lo días

incluso en las horas más tranquilas de la mañana,

en las que puedo sonreir transparente, asistir con la mente despejada

al incendio que ilumina,

sin pensar en la ansiedad del próximo minuto.

Incluso en las tardes que son como una capsula de tiempo que parece preservarme

de la lengua de fuego que revive y a la vez me estalla,

de los ojos del horizonte, de los pies enterrados en la tibieza de la arena.

Y los rituales del crepusculo intentan conjurar, con el asesinato del sol,

el frío invierno de la noche;

la noche que voy cruzando como Hernan Cortés un continente: traicionero y audaz,

le puedo hacer creer

su cualidad incombustible, pero ni siquiera sé qué estoy diciendo,

ahora que amanece.


Xochitill Garcia